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Uno, dos y tres

  • pedrocasusol
  • 16 dic 2024
  • 4 min de lectura

Escribe: Thalia Correa


-Cerrado, cerrado, cerrado.


Salí corriendo, otra vez iba tarde, no importa cuánto lo intente, siempre llego tarde. Me levanto temprano y llego tarde, me alisto muy pero muy temprano igual llego tarde. Un día son las llaves, otro día los zapatos, o me encuentro a alguien conocido en el camino que le encanta hablar de más, con lo que detesto estar corriendo de un lado a otro. Hoy mientras iba camino al tren me encontré al señor Pérez, me dio una linterna de bolsillo, y me dijo que tenga cuidado, que veía que yo estaba llegando muy tarde a casa, le dije que sería precavida, siempre se preocupa por mí y yo realmente no sé cómo responder a esos cuidados, la señora Pérez también es un amor, pero solo la veo los fines de semana, cuidando sus rosas. Lo hace con tanta dedicación que paso rápido para no entretenerla.


Me siento tranquila viviendo en la casa de ellos, respetan mucho a todas las muchachas que vivimos en su casa, y todo es muy independiente, menos la cocina. Llegue corriendo al trabajo, guarde mis cosas y salude a todos. Fue un día tranquilo, barrer, atender, sonreír. Nunca imagine trabajar como asistente de estilista, pero las tareas eran tan sencillas que me acostumbre rápido. A la hora de salida me puse mi abrigo, al tocar los bolsillos me di cuenta de algo, no sonaban mis llaves. Respiré tres veces, y empecé a buscar en todos los bolsillos mis llaves, pero nada. Sabía que no las tenía, me preocupe. Después de hacer un recorrido mental, no pude recordar nada. Perdí mis llaves.


Una compañera del trabajo bromeo sobre dormir en el parque antes de decirme que no me preocupara, podía ir a pasar la noche en su casa, me dijo que no había ningún problema, y que era bienvenida. Mientras la escuchaba, sonreía, pero no quería irrumpir su espacio, sabía que vivía con su novio, no quería ser mal agradecida, pero tampoco quería sentirme más incómoda de lo que ya estaba. Le dije que apreciaba mucho el gesto, pero que tenía que buscar una solución, lo cual era totalmente cierto. ¿Tendría que llamar a un cerrajero? ¿qué le diría a la señora Pérez?


-Están tardando, ¿verdad?


La miré con ojos grandes y apenados y asentí. No era la primera vez. Estaba acostumbrada a ser la última, pero esta vez tenían una hora y media de retraso. Respire hondo, ¿qué pasaría? ¿me dejarían ahí? Vi a todos lados, no había ni un alma en el colegio además de la profesora, su hijo y yo. Se fueron hasta los señores de limpieza. Volví a mirar a la profesora. ¿Se olvidaron de mí?

 

Supongo que notó mi ansiedad porque se acercó diciéndome que no me preocupara, ella esperaría conmigo. Me sentí culpable, quería decirle que podía irme sola, conocía donde trabajaba mamá, pero sabía que era mejor guardar silencio, solo tenía 6 años. Clave la mirada en mis zapatos. La profesora era maravillosa, paciente, era blanca y tenía el cabello largo, negro y ondulado. Marisol, mi profesora favorita. Su hijo era el niño más guapo del colegio, un año mayor que yo. ¿Por qué le tocó guardia ese día a ella? de todas las profes que habían, ¿por qué ella? ¿por qué no se olvidaron de mi otro día? Eran las únicas preguntas que me hacía.


Quería llorar, pero me daba pena con Matías. No los volví a mirar por un rato, me daba mucha pena. Paso el tiempo y nada. La profesora me dijo que si no llegaban en quince minutos me llevaría a su casa porque mi representante no respondía el teléfono. Su esposo ya no quería esperar más. No dije nada, ya estaba muy abrumada. No quería ir a casa del niño que me gustaba, mucho menos ser su huésped. Solo quería llorar, ¿Lo notarían en mi casa? ¿notarían que no estoy?


Quince minutos, solo quince minutos… Los quince minutos más largos de mi vida. Tuve esperanza, pero no sirvió. La profesora me dio la mano, su esposo esperaba por nosotros dentro de un carro. La profesora me explico la situación y me dijo que no me preocupara, mañana solucionaríamos. Me empezaron a sudar las manos, no quería montarme al carro. ¡Qué pena!, ahora va a saber que me sudan las manos. La profe le explico a su esposo quién era yo y que me llevarían a casa, lo miré de reojo. Matías ya estaba sentado, mientras yo seguía viendo mis zapatos, como si ellos fuesen a ayudarme.


Escuché mi nombre a lo lejos, tarde tres segundos en reconocer su voz. Era mamá, me sentí muy feliz de verla, corría hacía mí. Le solté la mano a la profe y esperé por mamá. Pidió disculpas por la demora, no se dio cuenta de la hora mientras trabajaba. A mí no me importaron las explicaciones, mamá había llegado por mí, eso era lo único importante. Iría a casa. Le agradecimos a la profesora y su familia y nos fuimos.


Esta vez tenía que resolverlo sola. Tenía que hacerme responsable. Lo más seguro era llamar a un cerrajero. Llegué a casa, y le conté apenada a la señora Pérez. Sonrío y me dijo que ella tenía una copia, no había que llamar a ningún cerrajero. Me volvió el alma al cuerpo. Pude abrir la puerta. Lo primero que vi fue mi llave tirada en el piso, siempre estuvo en el cuarto.



 
 
 

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