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Veinte para las cuatro

  • pedrocasusol
  • 2 oct 2025
  • 14 min de lectura

Escribe: Claudia Corteaga Pezo


Faltaban veinte minutos para las cuatro de la tarde.

 

Mis tías, cada una a su manera, habían demostrado la ansiedad que les producía la hora.

 

Mi tía Remedios había renegado casi toda la tarde. Había dado muestras de su enojo por las flores que se habían comprado para el jarrón que estaba en la sala. También, estaba segura, se había quejado de la textura del arroz durante el almuerzo, después de llevarse la primera cucharada a la boca. Sabía con certeza que le había exasperado saber que se le había acabado una de sus pastillas, aún cuando no necesitaba tomarla sino hasta dentro de dos días, y también que la cita de ese día estuviera pactada por la tarde y no por la mañana.

 

Todo esto lo sabía en parte porque la conocía y en parte por la expresión de cansancio de mi tía Amparo, que estaba sentada y sin hablar.

 

Era miércoles 14 de febrero. No me había dado cuenta de eso ayer, pero hoy, envuelta en el tráfico y en un ataque de corazones, me quedé pensando en quién quería ver un departamento justo en ese día.

 

Salude a mis tías y me disculpe por llegar diez minutos tarde.

 

- ¿Tuviste que cancelar tus planes de hoy?

 

Mire a mi tía Amparo. Parpadeé por un segundo, antes de impostar una sonrisa y sentarme en una de las sillas.

 

- ¿Mis planes de…?


- ¡Tus planes con! ¿Cómo esta Eduardo?


- Esta bien.


- No lo vemos hace tiempo, replicó mi tía Remedios.


- Esta ocupado, respondí.


- ¿Por qué no vienen para un almuerzo el fin de semana? A tu mamá le hubiera gustado saber que te cuidamos, dijo mi tía Amparo.

 

Tres hermanas. Como las 3 mellizas.

 

- Quizá. Voy a coordinar con él para…


- Nunca le caímos bien, ¿por eso no quiere venir, no?

 

Mire a mi tía Remedios con una mirada asesina.

 

- No es eso, tía. Sabes que no es así. No digas esas cosas.


- Pues debería venir más seguido si piensa ser parte de la familia. ¿Por qué no estas usando tu anillo?


- Porque no es seguro. Vine en bus no con mi carro.

 

Mi tía Amparo miro mi mano como bordando la circunferencia ausente de mi aro y yo miré al reloj y luego a la ventana interna. Faltaban quince minutos.

 

- ¿Por qué no arreglaron la grieta?, pregunté al ver la raja que llegaba hasta el marco de la ventana.


- Porque cambiaron los horarios del conserje y no sabíamos a quién llamar, respondió Amparo.

 

Respiré y expiré.

 

- No entiendo qué clase de maldición quedó atrapada allí – murmuré -. Es como si se hubiera malogrado desde la base misma.

 

Mis tías se miraron en silencio mientras yo, que me había acercado a la ventana, pasaba la mano por la pintura descascarada. En verdad, nunca entendí su accidente. Acepté esa versión a mis ocho años, pero diez años después ya no me parecía creíble. Durante todo el tiempo que estuve en la universidad siempre fue un tema de discusión recurrente pero nunca obtuve una respuesta distinta o siquiera un atisbo de duda de parte de mis tías y esa terquedad siempre me pareció una falta de respeto.

 

- Espero que no vayas a empezar otra vez, dijo mi tía Remedios.


- No he dicho nada, repliqué.


- No necesitas decirlo. No es de buen gusto, nos haces recordarla una y otra vez.

 

Volteé a mirarla.

 

- ¿Y eso es malo? ¡Deberíamos recordarla siempre!


- No así, respondió mi tía Amparo con voz queda.

 

No había cambiado nada, pensé. Nada.

 

- ¿Por qué no hacen esto solas?, dije mirándolas a ambas con los ojos llenos de lágrimas.

Total, ustedes saben que es lo que se tiene que decir, ¿no? Y estoy segura de que mi tía Remedios lo haría perfecto porque ella siempre hace todo bien.

 

Mi tía Amparo miro a su hermana. Esa era la última frase que dije en esa casa antes de irme hace cinco años.

 

- Cálmate, hijita.


- No soy tu hija, le dije a mi tía Amparo a sabiendas de lo que le iba a doler. ¡Suerte con su venta!

 

Me levanté y mientras avanzaba a la puerta, el timbre de la calle sonó tal y como lo habíamos estado esperando. Pregunté quién hablaba. Me respondió Carolina, que había conversado conmigo porque había visto el aviso de venta del departamento y quería verlo junto a su novio.

 

A través del intercomunicador le dije que pase. Respiré y expiré otra vez mientras me frotaba los ojos. Tenían que subir tres pisos. Después de cinco minutos, tocaron a la puerta. Remedios se enderezó, Amparo se levantó y yo giré la perilla y abrí.

 

Para mi sorpresa, Carolina era una chica joven. Tendría alrededor de 30 años y una de esas caras que se te hacen conocidas al verla. Su novio, que debía tener la misma edad, era más alto que ella y tenía el rostro serio.

 

Saludé a ambos y los invité a pasar. Presente a mis tías, indicando que eran las dueñas del departamento, y les ofrecí algo de tomar señalando a la jarra y los vasos que estaban en la mesa junto a las galletitas recién horneadas y al jarrón con las violetas por las que hace unas horas se había quejado mi tía Remedios.

 

Carolina pareció dudar un momento, pero dándome las gracias, me indicó que no deseaba nada de tomar. Lo mismo respondió su novio. Mire a mis tías brevemente antes de empezar. Mi tía Amparo asintió con la cabeza, mientras mi tía Remedios – más blanca que de costumbre – sólo me miró   anonadada. Procedí a enseñarles la sala, resaltando lo amplia que era y haciendo hincapié en la buena iluminación natural que tenía ese espacio. No mentía. La ventana con vista a la calle ayudaba mucho y también, aunque un poco menos, la ventana interior que estaba semi cubierta por la cortina.

 

Carolina asentía contenta y su novio miraba de soslayo a la otra mitad de la sala, pero los dos me siguieron en cuanto los guíe a la cocina. Para mí era el punto fuerte de toda la pieza. Era grande. Había espacio suficiente para tener una mesa de comedor pequeña, tenía los reposteros de madera y las mayólicas, si bien antiguas, estaban salpicadas de unas flores azules muy bonitas. De todos los espacios de esa casa, la cocina era uno de mis espacios favoritos.

 

Al fondo de la cocina había una puerta que daba a un cuarto pequeño. Carolina, que había sonreído en todo momento, se quedó pensativa y, para mi sorpresa, su novio sonreía ahora.

 

- ¿Ese vendría a ser el cuarto de visita? - preguntó.


- Es sólo un espacio adicional, ahora lo usamos cómo un depósito, complementé.

 

Escuche un “ah” de su parte, entre incrédulo y decepcionado, mientras su novio se inclinaba un poco a su lado y le decía algunas cosas al oído. Camine por la cocina y pasamos a la sala nuevamente. Esta vez, íbamos a ver los cuartos y el baño. Eran dos cuartos y ambos compartían el baño que estaba en el mismo pasillo. Los vimos rápidamente. Uno de ellos tenía ventana a la calle y el otro vista interna; los dos amplios, con pisos de manera y bien iluminados.

 

Esteban, ahora me sabía el nombre porque Carolina lo llamó para que camine más rápido, me preguntó si podía abrir el grifo en cuanto llegamos al baño. Le dije que sí. Lo abrió y se quedó viendo como caía el agua. Al cabo de un minuto, cerró el grifo. No estaba segura de porqué lo había hecho, pero se veía que habíamos superado una prueba.

 

Me acerqué a la ducha y abrí la cortina lentamente, con temor de encontrar alguna braga mojada de mis tías o uno de esos gorritos rosados que usaban para el cabello, pero no. No había nada. Les enseñé el espacio. Todo estaba bien. Me parecía que había logrado superar el contratiempo de minutos atrás. Volvimos a la sala y fue en ese momento que lo vi. Esteban miró a mis tías, las cuales se habían quedado de pie y estáticas mientras yo enseñaba el departamento, y luego vio al costado, hacia la cortina que tapaba casi totalmente la ventana lateral.

 

Qué miré hacia otro lado – pensé. - Qué miré lo raro de las tres cruces del aparador, pero no a la ventana, me repetí.

 

- ¿Allí hay otra ventana? - preguntó.

 

Respire. Habían muchas razones por las cuales yo colocaba la cortina casi como un telón y tapaba a esa ventana. Una de ellas estaba por decirla en voz alta, me temía.

 

- Sí. Es una ventana interna.

 

Carolina corrió a la ventana con alegría, pero tropezó. Entrecerré los ojos al verla, con una mezcla de pánico y tristeza, mientras el grito de Remedios recorrió, cómo la luz, toda la sala.

 

- ¡Alma!

 

Carolina tenía las manos apoyadas con fuerza en el marco. Esteban la tenía sujetada de la cintura y ahora los dos miraban por la ventana sin decir nada.

 

Mire a mis tías que veían con desazón a la pareja y luego me miraban a mí. Vi diferentes tonos de mi propio miedo y tristeza en sus ojos y ante lo profundo del silencio, no pude más que hablar. Me oí diciéndome a mí misma que cualquier cosa era mejor que lo incómodo de esa nada pero me equivoqué.

 

-  Siempre pueden mantenerla tapada.

 

Eso fue lo que dije y mientras terminaba de decirlo entendí que debí quedarme callada. Con cuatro palabras, había dejado en claro el poco aprecio que le tenía a esa parte de lo casa, lo mucho que disgustaba y cómo entendía que a ellos tampoco les gustase después del accidente.

 

- La vista es … ¿es de la pared lateral del edificio de al lado?, preguntó Esteban, que se había asegurado de que Carolina estuviera más tranquila mientras aún la sostenía con uno de sus brazos.


- Sí, respondí.


- Es una pena, toda la vista es de ladrillos, comentó Carolina.

 

Esteban se apoyó en el borde la ventana y al mirar al costado vio la pintura descascarada y la grieta pequeña.

 

- ¿Esta rajadura se puede arreglar?, preguntó.


- Sí, respondí aguijoneada, el sol cae directamente en el verano y por eso la pintura se cuartea, pero si están interesados en comprar el departamento, arreglaríamos la pintura y la grieta.

 

Miraron un momento más por la ventana. Carolina se sentó en el sillón y con el Sol a contraluz su cabello castaño, ahora parecía más oscuro. Su rostro, que ya me parecía conocido, ahora me resultaba familiar.

 

De pronto, al ver hacia al aparador, me vino todo de golpe. Tres cruces, tres hermanas.

 

- Alma, pensé.

 

Carolina notó como el sillón estaba de espalda a la ventana.

 

- ¿Lo pusieron así para evitar accidentes?, preguntó.

 

Mis tías estaban en silencio y yo, respirando, respondí.

 

- Que yo recuerde, ese mueble siempre ha estado allí. Me parece que no fue pensado para prevenir accidentes, sólo fue para aprovechar el espacio.

 

Carolina se levantó. Casi al minuto ella miró a Esteban y él, acercándose, me agradeció el recorrido. Los dos se acercaron a mis tías, agradeciéndoles también. Note como la mano de Remedios temblaba al estrechar la de Carolina y como mi tía Amparo la miraba con melancolía y cariño.

 

Me acerqué a abrir la puerta y Esteban me dijo que era uno de los primeros departamentos que veían, pero que les gustaba mucho la zona y que me iban a escribir. Yo asentí, con una sonrisa autoimpuesta, sabiendo que quizá lo harían, pero que finalmente no presentarían ninguna oferta de compra.

 

Insistí en acompañarlos hasta el primer piso y ayudarlos a abrir la puerta, más que por cortesía, porque yo misma necesitaba un poco de aire. Una vez en la puerta Esteban me preguntó si el departamento contaba con cochera. Le dije que no y forcé una sonrisa.

 

Ambos salieron y vi la silueta de Alma alejarse. Cerré la puerta y me recosté un rato en ella como solía hacer después de cada tarde cuando volvía de la universidad. Una onda sanguínea empezó a invadirme desde las rodillas hasta mis sienes. Yo no era la única que había visto a mi mamá esa tarde y ahora quería explicaciones.

 

Subí los escalones de a dos, acelerando cada vez más el paso hasta que llegué a la puerta, toqué el timbre y lo acompañé de un “soy yo” seco.  Como lo intuía mi tía Amparo abrió la puerta. Me miró mientras ladeaba la cabeza con una sonrisa azarosa. Le respondí con un mohín.

 

- ¿Qué te pareció?, me preguntó mi tía Amparo.


- Me pareció bien, respondí, pero son una pareja joven. Nunca se sabe…


- ¡Yo ya te digo que no van a llamar!, casi gritó mi tía Remedios sentada en el sofá a espaldas de la ventana. ¡Quizá sea para mejor!, me dijo mirándome con una parquedad contenida.


- ¿Por qué crees que es mejor que no llamen? ¿Acaso no quieres vender el departamento?, pregunté.


- Esa pareja es muy joven, lo más probable es que no tengan el dinero o no les den el crédito y nos hagan perder el tiempo.

 

Mil ideas me pasaron por la mente en menos de un segundo. Me imaginaba que no le gustaba la idea de que alguien tan parecida a mi mamá comprase el departamento.

 

- ¿Por qué gritaste Alma?, pregunté sin rodeos.

 

Mi tía Remedios abrió los ojos pero no dijo nada.

 

- ¿Por qué? - insistí - ¿así fue que se cayó?

 

Mi tía tenía la cara roja de ira.

 

- ¡Cómo se te ocurre hablarme así! ¡A nosotras que te hemos criado desde niña!

 

Por alguna razón, tenía que saber que había detrás del accidente. Estaba segura que había algo más. Lo intuía y por fin sentía que podía tener esa respuesta que tanto había esperado. No pensé cuando le dije:

 

- La viste caer, ¿no?

 

Mi tía Remedios me miró en silencio, con los ojos acuosos.

 

- ¿Cómo fue un accidente si la viste caer?, volví a preguntar sintiendo que mi duda expuesta de esa manera era como una lanza que estada dispuesta a sostener todo el tiempo que hiciera falta.

 

Un lamento se escapó de su boca.

 

- ¡BASTA! - grito mi tía Amparo - ¡Basta, Clara!

 

Mi tía Remedios estaba llorando y yo estaba a punto de hacerlo, pero no sabía si era de tristeza o por esa onda sanguínea, fueguina que me corroía desde dentro.

 

- Sí, ella la vio caerse, pero no fue la única. Yo también la vi.

 

Mire a mi tía Amparo mientras sentía como se me caían las lágrimas.

 

- ¿Qué paso?, pregunté.

 

- Un accidente, Clara. Cómo lo que casi vimos hoy.

 

- ¿Y lo que le dijeron a la policía?

 

- Fue verdad, Clara. Lo único diferente, fue que sabíamos que paso antes del accidente.

 

- ¿Qué paso?, pregunté.

 

- Ese día…tu tía Remedios trató de hacerla cambiar de opinión. Trato de que saliera de su cuarto, de que dejase de estar como muerta en vida.

 

- ¿Por qué…?

 

- No era feliz, Clara - respondió mi tía Amparo. Desde que tu papá se fue, pero empeoró cuando murió tu abuela. Alma siempre fue la favorita de mamá Elena y cuando enfermó, se dedicó a cuidarla como si su propia vida dependiera de ello.

 

Mi tía Remedios, llorando, levantó la mano hacia mi tía Amparo haciéndole una seña para que guardase silencio.

 

- Ese día discutí con tu mamá porque llevaba una semana sin salir del cuarto. Sólo salía para ir al baño. Tu tía Amparo pasaba todo el tiempo cuidándote, viendo que comieras, recogiéndote del colegio y ayudándote en las tareas.

 

Yo las miraba a ambas con incredulidad. No lo recordaba. No recordaba haber estado tanto tiempo sin mi mamá.

 

- No lo recuerdo así, respondí.

 

- Están los recuerdos y esta la verdad. Esa es la verdad, Clara. Después de hablar con ella para que se levante, ella se paró y fue hasta la sala. Yo la seguí, y no, no se tropezó. Se puso en frente a la ventana y se tiró.  No paro, no dijo nada. Nada a lo que aferrarnos después, nada que nos comprase tiempo para evitar que hiciera lo que hizo. ¿Sabes lo que se sintió?

 

Con un vacío enorme, moví la cabeza indicando que no, mientras intentaba parar de llorar.

 

- ¿Sabes lo que fue verla hacer algo así? ¿El tiempo que tuvo que pasar para que dejase de pensar en por qué no hice algo más, por qué no reaccione? Y en esas épocas, ¿sabes lo que significaba siquiera hablar de un suicidio? Éramos sólo yo y tu tía Amparo. Ella siete años menor que yo. Yo llamé a la policía, yo dije que fue un accidente. Yo hice todos los trámites porque no quería que Amparo sufriera y porque ella te cuidaba todo el tiempo. ¿Quieres la verdad? Eres más hija de Amparo de lo que fuiste de Alma, me perdone Dios.

 

De pronto, no había más fuego dentro y todo me hacía sentido. Corrí hacia el cuarto de mi tía Amparo, que antes compartía con mi mamá, y cerré la puerta con llave.

 

Me senté en el piso, apoyada en la cama y lloré. Escuchaba llantos fuera del cuarto también pero no sabía de quién. Mirando el piso de madera, pensaba que quizá, después de tantos años, podía encontrar una pista por ser su hija, algo que mis tías no hubiesen visto. Miré cada una de las tablillas, hasta debajo de la cama y no encontré nada.

 

Cuando abrí los ojos, estaba en la cama y abrazando una almohada. Me había quedado dormida. Abrí la puerta asustada, pensando que debía de haber preocupado a mis tías.

 

Estaban ambas sentadas en el mueble, ya repuestas.

 

- Yo… - repliqué – yo no quería…no quería preocuparlas, me quedé dormida, no sé cómo.

 

No sabía que más decir. Vi el reloj, habían pasado más de dos horas.

 

- Ya es tarde, no traje el carro así que debería ir saliendo.

 

Mis tías me miraron.

 

- ¿No quieres comerte las galletas?, me preguntó mi tía Amparo.

 

Volteé a mirarla. Mire las galletas y también la limonada intacta en la misma jarra de vidrio que usábamos para almorzar cuando vivíamos juntas y que ellas aún seguían usando. Respiré y sonreí ligeramente mientras asentía.

 

- Gracias, tía.

 

Me senté a la mesa mientras ella me servía la limonada. Ella se sirvió un vaso y se sentó también. Mi tía Remedios se acercó al vernos y le acercó su vaso a mi tía Amparo.

 

Sentadas a la mesa, yo mirando a la pared de ladrillos y con media galleta en la boca, pensaba que no estaba tan mal. Quizá lo que realmente me hacía verlo mal era todo lo que yo sabía que había pasado allí. Quizá cuando mi tía Amparo decía que el corredor nunca iba a poder explicar todas las bondades del piso, no había pensado en que alguien que conocía todo acerca del departamento tampoco podía ser un buen vendedor, sobre todo porque no era fácil decidir qué recuerdos revivir.

 

- Quizá, dije, he sido muy dura con la vista. Hay peores cosas que ver una pared de ladrillos.

 

Mi tía Remedios me miró y lanzó una carcajada que terminó de reincorporarme a ese 14 de febrero.

 

- ¡Ay, Clara! Después de todo ¿sólo vas a hablar de la pared de ladrillos?

 

La miré con cariño y sonreí.

 

- Sí. Después de todo, lo único que queda por hacer es cerrar la grieta para poder vender.

 

- ¿Nos vas a seguir ayudando?, preguntó mi tía Amparo.

 

- Sí, –  dije mirando rápidamente las flores azules de las mayólicas – creo que necesitan viajar un poco. También un par de nuevos tíos no estaría mal, ¿no?

 

Mi tía Remedios me miró con cierta indignación, pero mi tía Amparo replicó:

 

- Quizá tú también necesitas un viaje.

 

- Un viaje con Eduardo te haría bien, te lo pagaríamos por tu ayuda, respondió mi ría Remedios.

 

- Yo pensaba en que viaje sola. Creo que sería oportuno.

 

Eso último hizo que la miré con cierto asombro. ¿Oportuno? ¿Sería que sabía? Antes de ir esa tarde había estado en mi casa. Mi gato había saltado de la ventana, cayendo a mis pies. Al cargarlo y ver la sala grande y vacía pensé que nada había salido como se suponía que debía haber salido y me había preguntado por cuánto tiempo más podía seguir ocultando todo y a quién exactamente tenía que contarle todo. Al parecer era a ella.

 

-  No creo que necesite un viaje tanto cómo ustedes, dije tratando de desviar la atención que intuía estaba por recaer en mí.

 

- Esperemos a vender primero, no se pongan como lecheras que hasta los mejores panes se queman a la puerta del horno, dijo Remedios.

 

Dejé la última galleta en el plato y me quedé mirando mis manos sobre la mesa, tratando de disimular el irónico eco que acababa de despertar en mi esa frase.

 

De pronto, y cruzando de reojo su mirada con la mía, mi tía Amparo murmuró:

 

- Termina ya. En esta casa no se comen galletas frías.



 
 
 

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