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Vivir en la muerte

  • pedrocasusol
  • 2 sept 2025
  • 10 min de lectura

Escribe: Oliver León Diestra


Últimamente me siento muy muerto, quizá es por la monotonía del pueblo, o porque parece que estoy encerrado en una rutina vacía sin emoción. ¿Cómo podría sentirme vivo si no encuentro vida verdadera aquí, donde nací? ¿A caso sería posible encontrar mi felicidad en otro pueblo? Tampoco es que haya demasiado, todo lo que hacemos es existir, estudiar, crecer, trabajar en el campo y, si tienes suerte u oportunidad con los estudios, te vas; pero si eres como yo, sin talento o pasión alguna, te quedas aquí. Antes no era así, o por lo menos en mi niñez, no lo sentía de esta forma tan enferma, la vida me parecía más brillante, o era una en la que podía permitirme aferrarme a ciertos instantes de felicidad momentánea, aún si eran fugaces.


Igual, no es como si pudiera hacer algo para cambiarlo, nunca hice nada para intentar cambiar mi realidad, no me esforcé en sobresalir en los estudios para irme de aquí; en realidad, incluso podría decir que pertenezco a este pueblo rural, es simple, guiado por una rutina que se vive desde hace muchos años más antes de que yo existiera. Y de igual forma, si de manera hipotética, pudiera salir de esta vida muerta, de esta enfermedad, no sabría qué hacer con esa libertad ofrecida, porque me hicieron y diseñaron para seguir el mismo patrón que todos aquellos que nacieron aquí. ¿Cómo podría existir junto a otros tantos que no conozco y nacieron con la libertad incrustada en su pecho? Mi vida esta encadenada a este pueblo por lo mismo que este significa, rutina, monotonía y plenitud, sin altos ni bajos. Pero, aun así, no puedo evitar sentirme mal, sabiendo que no lo estoy en realidad, que solo es mi mentalidad enferma que no puede separar la realidad del mundo imaginario que tengo en mis pensamientos, solo soy yo sintiéndome enfermo sin estarlo. Pero cambiar mi “vida” sería perder todo lo que conozco, tener claros cambios, cambios que no estoy dispuesto a vivir. Mi miedo solo eclipsa mi deseo de vivir.


Bastaba con ver el cielo mañanero para darme cuenta que voy a llegar tarde al primer día de clases, aunque no me importa realmente. Mi madre y padre han salido temprano a trabajar en el campo, seguro ya se encuentra el desayuno sobre la mesa, enfriándose. Y mi hermano ya se debe de estar terminando de alistar para también ir con ellos, pues ya había terminado el 5° año de secundaria. Salgo de mi pequeña habitación y todo esta tan igual como cada día pasado, exactamente en el mismo lugar de cada mañana. Mi hermano sale de su habitación ya cambiado, listo y con una asombrosa vida en sus ojos, como si esta vida fuera lo suficiente para hacerlo feliz, como si no se diera cuenta de la rutina interminable en la que nos encontramos. Extraño tener ese brillo en mis ojos, extraño no estar así de roto.


― Buenos días, voy con mamá y papá, cuídate en la escuela―. Sale de la casa con el pan en boca y con los mismos gestos que ayer. Sinceramente, no me sorprendería si descubriera que estoy encerrado en un bucle. Dejo el desayuno en la mesa, no tengo hambre alguna. Quizá este pequeño acto pueda romper el bucle en el que me encuentro.


Solo hay una escuela en el pueblo, tampoco hay demasiados jóvenes, pero supongo que somos los suficientes para llenar un colegio. Entro a la misma aula y me siento en el último asiento al lado de la ventana, como cada año. En otras ocasiones me hubiera puesto a dormir, pero solo por el persistente dolor muscular que tengo, solo por lo decaído que me siento hoy, quiero cambiar eso.


***


― ¡Hola! ¿Tú también eres nuevo? ―Un chico aparece delante de mí. con una sonrisa tan viva que solo me hace sentir más enfermo que ayer, casi como si ya me hubiera muerto en un algún instante y no me percaté. Tiene las hebras cobrizas que con el sol parecen brillar y hacerse más claras, una animada actitud que mantiene con su sonrisa; pero esa sonrisa me causa que la garganta pique, como si de repente tuviera la necesidad de toser. Mi pecho comienza a doler con pequeños pinchazos en este mismo en cuanto lo veo, y con verlo no me refiero solo a verlo de forma física, con su mirada tan transparente es imposible solo centrarse en algo tan superficial; sino verlo con un poco de atención, solo bastaba un poco de esta para notar que tanto tiene dentro de sí como para no parecer un ser vacío, quizá sea por la emoción por lo que mostraba y me presumía sin hacerlo realmente, lo entusiasta que parecía y lo iluminante que era. De repente me duele también la cabeza.


― Hum, no, pero tú sí, ¿No? ―Dije intentando no sonar tan descortés como me gustaría serlo. Quiero no sentirme más así, no quiero sentirme más muerto de lo que estoy.


― Sí, pensé que tú también lo eras, porque estabas solo. ¿Te puedo acompañar? Los otros son muy unidos y me da algo de vergüenza ir a conversar con ellos―. En realidad, estoy solo porque todos hacen lo mismo que cada año, conversan, ríen juntos y existen sin importarles mucho más que el mismo presente. Y eso me aburria, me hacía sentir mucho más desgastado, como si mi juventud ya hubiera pedido su encanto. Ya se había sentado a mi lado cuando preguntó, aunque no me molestó, quizá porque él no era ruidoso, era animado, sí, pero no como los demás. Hablaba de forma calmada, aunque acelerada por los nervios, conversaba con confianza y algo de nostalgia sobre la inundación que pasó de donde viene, el pueblo vecino, el cómo su familia decidió que era mucho mejor mudarse antes de pasar por otro desastre. Y sorprendentemente, aún con el corazón doliendo, me permití reír junto a él, de sus chistes tontos que nunca antes había escuchado por parte de alguien, de la forma en la que habla tan propia de donde viene, de lo mucho que me presume su absurda felicidad que parece tan fácil de tener y a la vez tan difícil para mí; y sin pensarlo mucho, comienzo a añorar que me enseñé a vivir. Creo que él puede redimirme, creo que puede llegar a revivirme.


***


― ¡Hola, Azrael! ¿Cómo vas? ¿Ya te sanaste? Desde hace dos meses y un poco más que el dolor de tu estomago apareció y sigue ahí, y ahora también tienes tos―. El tono preocupado de su voz me hacía sentir culpable por no haber podido evitar la incontenible tos que me embargó cuando él me fue a buscar la anterior tarde, como últimamente había sido. Pero aún con mi enfermedad empeorando, él y su forma tan rara de vivir, tan distinta e impropia de este pueblo. Me hace sentir como si yo estuviera reviviendo, aun cuando estuve muerto y estoy muriendo. Mi cuerpo casi se siente deteriorado, cada día un nuevo dolor aparece, o cambia de lugar, y la última vez que tosí salieron unas cuantas gotas de sangre, claras e incluso transparentosas, pero no importa, en fin.


Él no pertenece a este lugar tan muerto como yo. Él es demasiada vida para la muerte que me rodea y tengo en mi supuesta vida, tengo miedo que esta muerte le sea contagiada, es por ello que no quiero involucrarlo más con lo que tengo. No quiero preocuparlo y opacar la vida constante que me muestra con cosas tontas que estoy seguro él puede sanar. No quisiera eclipsarlo con mi absurda tristeza.


― De hecho, me siento bastante bien, Haim. ¿Iremos de nuevo a la plaza? 


―Nop, iremos a la colina. ―Me dijo mostrando una sonrisa cálida como todas las que tenía. Señaló la colina llena de césped verde detrás de mi casa, totalmente despejada sin árboles, contrario a todo el pueblo que se encontraba rodeado, aunque estoy seguro que bajando de esta hay puros árboles. Nunca le presté demasiada atención, pues no es muy relevante, es simple, verde y sin encanto, como todo el pueblo.


― ¿Estás seguro? Esta noche estará la feria que hacen por el aniversario del pueblo.


― ¿Qué? ¿Sí? Bueno, igual vamos a ir ahorita, ya más noche vamos para allá.


Tomó mi mano y cuando empezamos a subir la pequeña colina, la soltó. Empezó a reír sin razón igual de absurdo que yo, que mi enfermedad. No sé qué hice para que comience a reír así, pero, ¿Por qué hacerlo reír se siente tan bien? tan bonito, de cierta manera, una calidez extraña y nueva se siente dentro de mi pecho, como una caricia en frío, quizá, cómo la calidez con la que vive. Su risa y felicidad me contagian y empiezo a reír sin miedo de sentir, pero con dolor inevitable, aunque lo dejo pasar. No hago lo mismo que hice en otros momentos donde me privé de la dicha de verlo subsistir a este mundo solo por el dolor; por el contrario, me permito reír junto a él, siendo absurdos juntos, corriendo hacía la cima con felicidad sin motivo. Estos momentos junto a él son por los que aún no me rindo, son por estos, no, es por él, por lo que ha llegado a significar en mi vida que no me abandono por completo.


Al llegar a la cima nuestros ojos se conectan como si contaran un secreto, una historia, una vida, Qué irónico, ¿verdad? Qué estúpido que a esta altura de mi vida por fin conozca a alguien que me hace vivir en tan solo un mirar y no solo eso, me hace sentir como si ya hubiera vivido lo suficiente como para irme. Él vuelve a sonreír y sin decir palabra alguna toma mis manos, y me lleva al filo de la cima, donde, con su cabeza me hace una seña para observar abajo. Un largo y extenso campo de flores aparece frente a mis ojos, flores azules, ni siquiera sé de que tipo son, solo sé que son preciosas y raras seguramente. ¿Cómo es que nunca conocí este lugar de mi pueblo, de donde nací? De igual forma, es mejor así, porque puedo vivir de estas pequeñas maravillas con mi vida.


―Sé lo extraño que te puede sonar esto, ―Una risa nerviosa se escapa de mis labios incluso antes de poder retenerla, al igual que el sabor metálico de la sangre se instala en mi boca y mi pecho es presionado de forma tan fuerte que me cuesta respirar; pero aguanto, aún no puedo irme, no cuando ya sé qué tan hermoso puede ser vivir. ―Me haces sentir vivo, aunque estuve muerto y me esté muriendo por dentro.


No dice nada, pero por sus ojos puedo saber que no está enojado ni incómodo, su forma de consolarme es esta, solo escuchándome y dándome mi espacio, sabiendo lo importante que son estas cosas para mí. Y es tan contradictorio, yo lo soy, porque me siento tan enfermo cada vez que lo veo tan feliz y tranquilo, justo como ahora, sentado junto a mí mientras admira la belleza de la vida misma. Me siento indigno de tan solo poder presenciar tal espectáculo de luces en sus iris. ¿Qué tan enfermo estoy para sentir repulsión y atracción por lo que me demuestra día a día, en cada sonrisa imperfecta? Me enferma mientras me cura.


―Vamos a la feria, ya esta anocheciendo. ―No contesto y empiezo a caminar siguiendo el camino al pueblo con él a mí lado. No es que no responda por ignorarlo, sino que tengo miedo de toser y que salga mucha más sangre que ayer y hoy en la mañana, me da miedo empeorar a su lado y que se de cuenta de lo mal que estoy. Anteriormente fui con el doctor del pueblo, pidiéndole que no mencione nada de la consulta a mis padres, me revisó, y sorprendentemente, me dijo que todo estaba bien conmigo, que mis órganos funcionaban bien y no tenía ningún problema.


Cuando estábamos a tan solo unos metros de la pequeña feria y del cúmulo de gente que había, rodeando los puestos amontonados alrededor de la plaza; los fuegos artificiales comenzaron a adornar el cielo con destellos de luces verdes, amarillas y azules, como si la ello pudiera compensar la falta de estrellas. Nos detuvimos, aún lejos y ajenos a todos, y admiramos en silencio el espectáculo que había, como si no hiciera falta decir nada y nuestra presencia mutua fuera suficiente para la paz del otro. Y ahí, con el corazón doliendo, sin poder respirar del todo, con dolor de cabeza y picazón en la garganta, pude ser feliz. Feliz porque pude vivir en la muerte. Feliz porque aprendí a vivir muriendo.


***


Algo esta pasando, lo sé. Sé que no estas bien, ¿Por qué no me dices qué es? ¿A caso todos los momentos que pasamos no fueron suficientes para ganarme tu total confianza? Sé que sigues mal, lo noto en la forma de como tus ojos parecen ponerse llorosos cuando ríes y esa risa sale extrañamente dolorosa, como si costara que salga sin herir. Pero me niego a presionarte para recibir alguna respuesta. Me da miedo tu respuesta.


Hoy faltaste y me da miedo que algo malo te haya pasado, que hayas caído realmente muy enfermo y no puedas venir en una semana. Estoy muy preocupado por ti, pero sé que si te lo digo me dirás que no lo haga, que lo deje pasar, que no es importante, que no tiene relevancia. Solo se sincero conmigo por una vez, por favor, solo dilo, sin que yo tenga que preguntar, sin que yo sea el responsable de una respuesta que probablemente odie.


Regresando del recreo el profesor dijo que regresáramos a nuestras casas por un incidente que había pasado en la mañana, me detuvo en la puerta y me dijo “Lo siento”. Quiero creer que es algo que no tiene nada que ver contigo, que estas bien. Tengo una pesadez en mi pecho casi tan fuerte que no puedo respirar. Corro con dirección a tu casa, los caminos con apenas un poco de pasto recién creciendo, se me hacen mucho más largos que antes, que en cada tarde que los recorrí contigo. Mi respiración esta agitada y los latidos de mi corazón los escucho en mis oídos y este mismo lo siento en mi garganta junto a un nudo que me hace hiperventilar más.


Tienes que estar bien, sé que lo estas.


Llego a la plaza y veo una especie de procesión, llevando un cajón.


La procesión lleva un cajón.


Quise ignorarlo, pensar que podría ir a tu casa y contarte sobre lo que vi, que luego iríamos a chismosear sobre quién era el fallecido. Creí que podría hacerlo. Creí que te encontraría. Pero entonces es cuando la procesión gira a la esquina de la plaza donde estaba yo, y pasa por mi lado tu familia, llorando, y para mi suerte, están todos menos tú. Esta toda tu familia y faltas tú. Faltas tú.


Tu madre pasa golpeando el cajón, gritando, llorando de forma desgarradora y entre todos los gritos, escucho tu nombre. Y eso me termina por derrumbar, por quitar la vida que tenía.

¿Cómo esperas que siga cuando durante casi todo un año mi vida se resume en ti?


¿Cómo pudiste dejarme?


Y sé que es mi culpa, por no presionar más, por ayudar más, por no hacer nada más. El nudo en mi garganta duele y mi pecho también, no puedo respirar y siento que mi vista se nubla, mi cabeza da vueltas. No te puedes ir. ¿Cómo esperas que siga sin ti? Cuando dijiste que estabas muriendo no pensé que fuera cierto. Nunca me dijiste ni nunca me atreví a preguntar. Quizá me lo merezco, quizá yo estoy igual de enfermo.


¿Sentías esto todos los días?


Perdóname por conformarme con no saber nada y todo de ti, por no preguntar, por quedarme con los brazos cruzados y por quitarme la vida que tanto me decías que te demostraba. Tú lograste vivir en la muerte, pero yo no puedo hacerlo, ni siquiera por ti.



 
 
 

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