Voluntariado
- pedrocasusol
- 8 dic 2024
- 4 min de lectura
Escribe: Thalía Correa
-Irene, ¿estás ahí? ¡Ireeeene!
Claro que estaba, ¿dónde más iba a estar?… Dudé en responder. No tenía ganas de socializar. Quise quedarme paralizada como una lagartija, pero era la primera vez que tocaba mi puerta en el tiempo que llevábamos viviendo juntas. Si había algo que me encantaba de ella era eso. Sabía respetar los espacios personales, y la individualidad.
- ¡Irene!, ¿estás?
Vaya que lo pensé. Respondí casi para mis adentros, con una voz tan baja que no sabía si me había escuchado.
-Sí, Cami, ya voy.
-Abre, por favor, necesito hablar contigo.
-Dame unos minutos.
Me puse un polo y un short medianamente decente, mientras recordaba la primera vez que la vi, mi nueva roommate.
-Hola, mi nombre es Camila, pero me puedes decir Cami.
Una joven de 24 años, delgada, más alta que yo, caderona, blanca como la leche, tenía pecas, el cabello rojo y ondulado. Una joven atractiva. Mexicana. Tenía un estilo Boho. Estudiante de filosofía, venía a hacer un voluntariado en Lima mientras aprendía más sobre la cultura. La mire y le brinde una sonrisa.
-Bienvenida, Camila. Mi nombre es Irene.
-Estaré aquí por 8 meses. Esta es mi segunda casa aquí en Lima, en la otra no me gustó el ambiente.
-Lo sé, la casera me lo dijo. Mi cuarto es el de la izquierda. Si necesitas ayuda me avisas. Iré a dormir. Nos vemos al rato.
-Muchas gracias. Nos vemos, Irene.
Pasaron dos meses y nunca tocó mi puerta. Hizo un buen mercado. Cuando vi su estante, pensé que realmente le gustaba cocinar. Nos encontrábamos en la cocina. Compartimos desayunos en alguna ocasión. Efectivamente, le gustaba cocinar, pero no para ella sola. Su mercado nunca bajaba. Los alimentos estaban iguales. Era como si los hubiese puesto solo de adorno. Hablaba con su familia todos los días, a toda hora.
Camila era muy impredecible, a veces estaba feliz, a veces estaba apagada, casi casi como un fantasma, yo la miraba de lejos y ella me saludaba con un gesto. Pasaba como un muerto al lado mío y yo solo la seguía con la mirada. Me parecía increíble que fuese tan alegre, elocuente y espontánea un día y al otro una persona callada, introvertida, triste.
Abrí la puerta. Ella estaba ahí, con los ojos llenos de lágrimas. Me sorprendió. Empecé a temblar antes de que ella pudiera decirme algo. Ella no me miro, paso directo al cuarto. Lloraba, pero no me decía nada.
-Cami, ¿qué paso? ¿estás bien? ¿necesitas ayuda?
Cami no hablo. Me senté y traté de calmarme. Tenía que ser fuerte para ella. Algo había pasado. Era la primera vez desde que nos conocimos que entraba a mi cuarto, mi espacio.
-Cami, tienes que responderme porque me estás volviendo loca, ¿qué pasa?
-No me ha llegado el período.
Quedé en blanco, sabía que ella tenía un noviecito. Me sentí más tranquila. Son cosas que pueden pasar.
¿Estuviste con Aarón?
-No.
Solo dijo eso y otra vez quedamos en silencio ¿por qué no hablaba? Esperé en silencio, se calmó. Yo estaba sentada en la cama y ella en el piso, cabeza en manos. La miré paciente. Después de una gran pausa me dijo:
-Antes de mudarme aquí conocí a un muchacho por Tinder, me invito a salir, pero de esa cita, solo recuerdo despertar desorientada, la mañana siguiente. Es algo que realmente quiero olvidar, pero el período no llega. Cada día es peor para mí. Me acabo de hacer dos pruebas de embarazo, y las dos dan positivo. Necesito que me ayudes, necesito quitarme esto de adentro. Tú eres la única persona que conozco aquí. Necesito tu ayuda.
Cuando dejé de estudiar psicología, lo hice porque no tenía la capacidad de ayudar a la gente, pero ahí estaba Cami, pidiéndome ayuda. ¿Cómo le digo que no estoy a favor del aborto? ¿cómo le digo que lo tenga si no es mi cuerpo?
-Cami, ¿lo pensaste bien? ¿le dijiste a tus padres?
-¿Estás loca? Jamás se los diré. Seré una decepción para ellos. Lo pueden pasar muy mal.
-Pero, Cami, es importante que ellos lo sepan también. Ellos te conocen, son los únicos que te pueden ayudar a salir de esto.
-Olvídalo. Eso jamás. Ya encontré un lugar donde pueden quitármelo. Acompáñame, por favor. No quiero estar ni un día más así.
La miré. Cami la había pasado fatal. Era una pesadilla a la que yo también estaba ingresando. Tenía miedo. Eran dos meses de una vida que estaba creciendo. Era su cuerpo. Su decisión. Yo no quería pensar. Ella era una especie de amiga, a ella le debía lealtad ¿o no?
Al día siguiente nos dirigimos al centro que ella misma había encontrado. Cuando contó lo sucedido le dijeron que debía denunciar, que eso no podía quedar así. Camila grito y les hizo saber que ese no era el plan. Ella solo quería abortar. No le interesaba más nada. Las señoritas que nos atendieron dijeron que había un procedimiento, y que tenía que tener cuidado con las fechas, tenía por lo menos quince días antes de que cumpliera 3 meses de embarazo, a partir de eso sería ilegal cualquier intento de aborto.
Camila estaba decepcionada, y yo caminaba a su lado a paso lento. En la mañana pensábamos que sería como ir al odontólogo a pedir que te quite un diente. No era para nada así. Existía un procedimiento. Regresamos a casa.
-Cami, sé que no quieres, pero te quedan pocos días si realmente quieres abortar. Necesitas hablar con tus padres. Esto es muy, pero muy delicado. Necesitas del apoyo de ellos.
-No puedo. Me voy a morir de vergüenza.
-Tú eres la víctima, Cami. No tienes nada de qué avergonzarte. Ellos van a entender. Son una hermosa familia. Ellos necesitan saber qué está pasando contigo. Tienen derecho.
-Me voy a morir, Irene. Me voy a morir.
-No te vas a morir, Cami. Tienes que hablar con ellos. Tienen que venir.
Esa fue la última noche que hablé con Camila. A la mañana siguiente tuve que llamar a la policía. Camila había decidido acabar con su vida antes de contarle a sus padres.





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