Ya les tocará
- pedrocasusol
- 8 dic 2024
- 13 min de lectura
Escribe: David Vidal
El frontispicio del edificio resplandecía como todos los días, reflejando entre sus lunas el cielo gris de la capital cuyas esponjosas nubes escondían un sol tímido y alicaído. Luis caminaba cabizbajo, con las manos en los bolsillos, buscando alguna basurilla en la acera para patearla, como en los viejos tiempos. Pero no, los robots y la inteligencia artificial habían mejorado las labores de limpieza hasta tal punto que era casi imposible encontrar desperdicios en las calles. Luis dió un largo suspiro antes de ingresar al edificio de su trabajo. Apretó la mandíbula y, levantando la cabeza, leyó una última vez “Terracon, construimos lo que quieras eficientemente”. Nunca antes, esa frase había tenido tanto sentido.
La oficina del gerente general era la misma de siempre, aunque Luis trató de retener cada ínfimo detalle en su memoria. Esas lunas pavonadas, las luminarias del techo, el acabado caravista de las paredes.
—Luis, que gusto verte el día de hoy —dijo el gerente.— ¿Cómo lo estás llevando?
Luis dio un largo suspiro. Trató de ver, detrás de los ojos del gerente, alguna pista de sinceridad en esa pregunta que bien podría ser retórica.
—He tenido mejores tiempos, Daniel —Luis juntó sus labios.— Pero era de preverse esta situación.
—Así es, Luis. Me alegra mucho que entiendas. Eres un excelente trabajador, pero así como van las cosas, era inevitable llegar a este punto.
—Gracias por su retroalimentación…
—De nada, Luis. Yo a usted lo aprecio mucho, de veras. Usted estuvo aquí desde hace muchos años. Mi padre me habló muy bien de usted, ¿sabe?
—Conocí a su padre, un gran ingeniero—Luis le vio directamente a los ojos.—Él me decía que el recurso más importante de la empresa era el trabajador….
—Y la satisfacción del cliente, Luis.
—Sí, eso también.
Hubo un silencio.
—Luis, ¿si sabes que tu puesto era uno de los últimos cargos que quedaban ocupados por humanos?
—Sí, por eso le comentaba que era previsible…
—Sí. Yo… Yo de veras lo siento. No quise, no quisimos dejar irlos a ustedes, pero así como van las cosas, así como va la competencia, los puestos humanos están siendo desplazados. Tenemos que estar a la vanguardia si queremos dominar el mercado.
—Sí, lo sé.
—No te lo tomes personal, por favor. Es lo que menos quiero. Pero la inteligencia artificial ha mejorado tanto nuestros procesos que…
—Ya no somos necesarios…
—Sí, si lo decimos fríamente, sí. Pero Luis, ¡ánimos! Ahora podrás disfrutar del salario universal, el gobierno ya dio luz verde a ese proyecto. Y tú calificas, solo tienes que ir al…
—Sí lo sé, Daniel. Supongo que ustedes esperaron a que se aprobara esa ley para…dejarnos ir.
—Sí, no queríamos que se quedaran en la nada. Ahora podrás viajar, disfrutar de una buena vida sin la necesidad de trabajar, ¿no crees?
Luis fingió una sonrisa mientras que su cabeza asentía por inercia. Daniel era joven y visionario, pero no entendía lo que para Luis había significado el trabajar en Terracon.
—Sí, supongo que debería de estar más feliz.
—Exacto, hasta te envidio en cierta manera.
Luis esbozó una sonrisa, esta vez sincera.
—No te preocupes, ya te tocará…Gracias por su tiempo, Daniel.
—Gracias a ti, Luis.
Luis bajó por el ascensor y atravesó una última vez ese ingreso que tantas alegrías le había dejado. Vio su pulsera, todavía era temprano. Decidió pedir un taxi hacia su próximo destino. Al instante su solicitud fue aceptada y, en menos de dos minutos, un vehículo gris se acercó vacilante. Para sorpresa de Luis, no era un vehículo autónomo. Era uno conducido por un humano.
—¿Señor Luis?—preguntó el conductor con un rostro avejentado por los años.
—Sí—respondió Luis.— Que gusto ver a un humano conductor…
—Sí señor, y cada vez hay más, ¿sabe? Muchos perdimos nuestros trabajos y esto como que nos da…nos da vitalidad.
—Me da gusto escuchar eso…
—Gracias, señor Luis. Bueno, entonces, ¿al Ministerio de Información?
—Así es.
—Perfecto, disfrute el viaje.
***
El Ministerio de Información era un edificio ubicado en la avenida Salaverry. Se destacaba de las otras construcciones por su fachada marmoleada y sus mastodónticas proporciones. Parecía un palacio, aunque innecesariamente grande. Solo unos cuántos trabajadores ocupaban los ambientes. Casi todo había sido automatizado pero, aún así, pese a que IntIA pudo prever la ausencia de humanos en el sistema público, se autorizó la construcción de tan paquidérmico edificio. Era como si IntIA quisiera que los humanos viéramos reflejada la grandeza del nuevo sistema de gobierno en las edificaciones. Como si supiera que, pese a tantos años, los humanos todavía conservamos ese rezago del pasado que legitima el poder con la construcción de grandes monumentos.
Luis bajó del taxi, no sin antes despedirse afectuosamente de aquél desconocido taxista. Vio el ministerio y sus blanquecinas paredes, dio un largo suspiro y, dudando todavía, ingresó.
Contrario a lo que esperaba, la cola de beneficiarios del nuevo salario universal no era gigantesca. Los humanos eran despachados casi minuto a minuto siguiendo las órdenes de varias pantallas distribuidas en las paredes para una fácil lectura. Luis pasó su pulsera por un sensor y, automáticamente, su número de DNI (documento nacional de identidad) apareció en la pantalla. Movido por un instinto básico, Luis fue a acomodarse a la cola, aunque no era necesario. Al fin y al cabo las pantallas le dirían a qué cabina ir cuando llegara su turno.
No esperó mucho y, en menos de cinco minutos ya tenía su cabina asignada. Luis se levantó y caminó a la número 5. Le esperaba un armatoste de acero que asemejaba la figura humana, lo suficientemente amistosa como para no despertar suspicacias ni temores a ojos humanos.
—Señor Luis, un gusto saludarlo. Mi nombre es Nova. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Hola, vengo por lo del salario universal…
—Correcto. De acuerdo a mis datos, usted dejó de laborar esta mañana, por lo que puede acceder al salario universal cuando usted quiera, puesto que es una persona con estudios universitarios completos y su puesto actualmente lo ocupa una entidad artificial.
—Sí, así es. ¿Cómo accedo al salario?
—Tiene que aceptar algunas condiciones y decir “sí, acepto” y firmar ello con su huella digital.
—¿Cuáles son las condiciones?
—Las condiciones son: primero, si vuelve a trabajar en el sector formal ya no podrá disponer de un salario universal y vivirá únicamente de su salario laboral. Segundo, usted es libre de hacer cualquier actividad económica adicional siempre y cuando sea legal, pero si se detecta que gana más del 50% del salario universal este último le será removido. Tercero, cuando llegue a los 65 años sí o sí recibirá un salario universal, aún así trabaje o no, y dependerá de usted si lo acepta o decide donarlo. Por último, la cuarta condición, que lo obliga a usar por lo menos un 10% de este salario en estudios o capacitaciones no aplica a usted, puesto que tiene ya más de 50 años.
Luis analizó las opciones. Era una buena oferta. Sabía de antemano que trabajar para el sector formal era casi imposible, a menos que se convierta en un obrero de construcción, aunque inclusive a ese puesto le quedaban solo algunos años antes de que llegasen los robots obreros de China. Las leyes de IntIA lo limitaba a hacer pequeños trabajitos fuera del sector formal, pero este robot evitó hábilmente el uso del término “informal”. Al parecer IntIA sabía que, pese a la modernidad, la informalidad era casi imposible de eliminar del espíritu patrio.
—Sí, acepto—dijo Luis, mientras colocaba su dedo índice en el lector.
—Muy bien señor Luis, su salario universal será depositado todos los treinta de cada mes.
—¿De cuánto es, disculpe?
—El salario universal es 4615 soles, que equivale a 1.3 veces la remuneración mínima vital del presente año.
—Gracias, eso sería todo.
—Gusto haberle ayudado.
Luis emprendió su retirada por los pasillos. Dió una última mirada a las personas que estaban allí, prestos y a la espera de recibir su salario universal. Vio rostros jóvenes y felices, de menos de treinta años, y vio también rostros ya maduros y desesperanzados, golpeados por la tecnología y por estos nuevos seres a los que ya no llamaban inteligencias artificiales, sino entidades, entidades artificiales. Hace algunos años que habían traspasado las pantallas y se habían materializado en este mundo, llegando a copar diversos puestos de trabajo que, de seguro, lo ocupaban no hace mucho esos rostros maduros y melancólicos. Luis no tenía un espejo pero sabía que esos rostros eran como el suyo. Pero no todo estaba perdido, su viaje al Ministerio de Información le había dado una excelente idea.
***
Luis tenía un vehículo antiguo que usaba de forma intermitente. Era de los años 2030s, de aquellas épocas en las que muchos creían ciegamente en la inteligencia artificial y la abrazaban como una nueva esperanza. Mandó a lavar su carro y luego de recibirlo hasta él mismo se impresionó de lo reluciente que estaba. Parecía que su antiguo automóvil había rejuvenecido por lo menos unos cinco años. Luis sonrió y supo que taxear en estas épocas de la vida de repente no sería tan mala idea. Era mucho mejor que permanecer en silencio entre cuatro paredes a la espera inminente del paso del tiempo.
Se registró en una aplicación de taxis y empezó una noche de abril su nuevo “emprendimiento” en contra de caducidad laboral y existencial. Así como le había sucedido hace algunas semanas, que parecían años, las personas se impresionaban de ver a un conductor humano detrás del volante. A algunos les parecía loable que Luis hubiera optado por seguir trabajando a su manera, mientras que otros, usualmente más jóvenes, mostraban cierta reticencia a subir al vehículo. Al parecer confiaban muy poco en la pericia de un conductor humano. Todavía quedaban en el recuerdo y a un simple clic de distancia los registros de accidentes vehiculares ocasionados por conductores irresponsables. Luis se dio cuenta también que casi todas las mujeres de la aplicación decidían cancelar el servicio en el mismo instante en el que se daban cuenta de que no era un taxi autónomo el que tenían al frente. La mala fama que tenían los conductores humanos del sexo masculino todavía persistía a estas alguras del siglo XXI. Luis se consideraba inocente, pero, a pesar de ello, el oprobio lo golpeaba en cada viaje, llegando a recibir varias cancelaciones día a día.
Así pasaron los días, los viajes y los pasajeros. Luis ya se había acostumbrado a la rutina y, en cuanto le era asignado un pasajero, tenía la delicadeza de hacerle recordar que era un humano el que tenía el volante entre sus manos. Así le ahorraba al cliente la sorpresa y a él la decepción.
Una noche, al cuarto mes de iniciado su nuevo emprendimiento, Luis recorría las calles vacías de una Lima nocturna. El cielo estaba oscuro, sin estrellas, como todos los días, pero la luna se encontraba extrañamente hermosa. Las noticias decían que más tarde el firmamento peruano iba a ser testigo de un eclipse lunar. Luis no era un fanático de eventos astronómicos pero, a estas alturas de la vida, hasta esa novedad parecía alegrarle la noche. Su aplicación recibió una solicitud y fue en busca del usuario. En el camino Luis le advirtió de su humanidad como quien advertía su prontuario criminal. Sin embargo y, para su tranquilidad, el usuario lo aceptó igualmente. Probablemente es de los míos, dijo Luis.
Llegó al punto de recojo y, como era de esperarse, el usuario era un señor de avanzada edad, probablemente de unos 55 años. Abrió la puerta del vehículo y Luis empezó el viaje. El destino se encontraba a 45 minutos de distancia y, como sería un largo viaje, Luis inició la charla.
—Gracias por aceptar el viaje, maestro.
—De nada, es agradable ver un rostro humano entre tanta chatarra metálica…
—Así es maestrito, así es…
Luis vio en el rostro de su acompañante cierta desesperanza. Recordó ese rostro, el mismo que tenían los adultos de esa cola en el Ministerio de Información. Luis trató de empatizar con el desconocido.
—Sabe usted, maestro, yo antes, no hace mucho, era Jefe de operaciones de una gran empresa de construcción.
El rostro de su acompañante pareció iluminarse por la duda.
—¿Sí?¿Qué empresa?Disculpe de antemano mi curiosidad
—No tiene por qué. Yo era Jefe de operaciones de Terracon…
—No me diga…yo trabajaba en la competencia.
—¿En Pasconsi?
—Así es. Era Gerente de finanzas. Era…—el rostro del desconocido pareció ensombrecerse por la nostalgia.
—¿Vaya coincidencia no? Podría decirse que antes, no hace mucho, éramos enemigos, y ahora mírenos.
Y ambos rieron como si fueran viejos amigos. El desconocido se presentó.
—Que descortés he sido. Mi nombre es Roberto Vara, un gusto.
—El mío es Luis Dalvi.
—¿Y qué le llevo a taxear, Luis?
—Bueno, mire usted Roberto. Trabajé muchos años para Terracon, muchísimos. Y lo di todo por ellos, literalmente. En parte por el trabajo perdí a dos de mis tres razones para vivir: mi esposa y mi hijo—Luis hizo una pausa.—No en el sentido literal, pero sí en el figurativo. Como estaba siempre trabajando no le dedicaba tiempo de calidad a mi familia y, como era de esperarse, mi esposa me pidió el divorcio. Yo acepté, y cuando me di cuenta, lo más duro del divorcio no fue perderla, sino distanciarme aún más de mi hijo, ¿sabe? Ahora converso con él una o dos veces al mes con suerte. Me alegro de que ya está en la universidad, ya está cerca de cumplir los veinte años y le va bien. Y también estoy ahorrando para comprarle un link para que no tenga problemas al insertarse en el mercado laboral. Por suerte, en el lado económico no tengo apuros, pero yo era feliz hasta hace unos meses porque todavía tenía mi tercera y última razón para vivir: mi trabajo. Por más que era estresante, por más que a veces lo detestaba, le daba una guía a mi vida, un sentido. Y cuando lo perdí, no hace mucho, sentí que ya no tenía nada. Y cuando fui a tramitar mi salario universal no lo dudé. Iba a ver la forma de seguir laboralmente activo aunque ello significara salir a vender caramelos a las calles. Y heme aquí, Roberto, haciéndole un servicio de taxi a alguien que no hace mucho hubiera sido mi rival.
Roberto sonrió. Trataba de ser una sonrisa honesta, pero algo en esos ojos todavía parecía cargar con una pena más grande y oculta tras bambalinas.
—¿Sabe algo? Al menos usted tiene un hijo. Yo…Yo solo tenía una razón para vivir: mi trabajo. Yo lo di todo por Pasconsi y, sin dudarlo, me desechó como si no fuera más que una chatarra—Roberto apretó los labios.—A mi me botaron sin previo aviso hace ya varios meses y me dolió…me dolió como no tiene idea. Fue como si esa empresa, a la que consideraba una hija, una hija putativa, me hubiera espectorado sin darme la menor oportunidad de demostrar que todavía podía ofrecer algo. Fue un golpe duro que todavía estoy procesando…
Luis vio que las expresiones de Roberto se tornaron más lóbregas.
—Sí, yo también, pero encontré esto de improviso y no me va mal. Hay días malos, eso sí, que varios usuarios me cancelan. Pero también hay días buenos. Usted también puede encontrar algo que le devuelva el sentido a su vida, ¿no cree?
Roberto esbozó una sonrisa. Esta parecía la más sincera de la noche.
—Justo eso, Luis, es lo que me llevó a tomar este viaje. No hace mucho le encontré un sentido a mi situación y voy en camino a encontrarme con ese algo que, quién sabe, le devuelva el norte a mi vida.
—Me alegro Roberto, me alegro…
Luis dudó en indagar más. La sonrisa de Roberto le animó a preguntar, aunque pecara de curioso.
—Y Roberto, disculpe mi curiosidad, ¿pero qué es lo que encontraste que suena tan interesante?
—Si tengo éxito se enterará muy pronto, pero si no, al menos lo intenté.
Y Roberto rió mostrando los dientes. Era una risa sincera, de esas que profesan aquellos que no tienen mucho que perder pero todo que ganar.
El viaje continuó pocos minutos más hasta que llegaron al destino. Era una iglesia antigua, con una torre al frente y una cruz con un ligero relieve.
—¿Es usted cristiano, Roberto?
—Creemos en un Dios, pero no soy necesariamente un cristiano…
—Ya veo.
—Bueno, fue un gusto conocerlo, Luis.
—Hasta pronto, Roberto, espero escuchar pronto noticias de usted y su exitoso “emprendimiento”.
Roberto le regaló una última sonrisa mientras asentía con la cabeza y se bajó del vehículo. Por alguna razón, Luis recién se percató que Roberto se encontraba vestido con un terno totalmente oscuro, como si estuviera asistiendo a un funeral. De pronto, antes de que Luis encendiera el motor, en el patio de la iglesia aparecieron otras personas, todas al parecer de la misma edad, y también vestidas con prendas lóbregas. Abrazaron a Roberto y compartieron una mirada cómplice mientras ingresaban a ese templo. Debe de ser que le encontró sentido a su vida a través de la fe, se dijo Luis, mientras partía en busca de otro viaje.
Minutos más tarde, en el firmamento, para sorpresa de Luis y de algunos curiosos, el eclipse se encontraba en su máximo esplendor. La luna ahora era un punto negro rodeado de una brillante corteza circular. El hálito que parecía bordearla resplandecía una luz blanquecina y fulgurante. Al ver el espectáculo astral Luis sintió espontáneamente que las cosas iban a mejorar tanto para él como para Roberto y los demás adultos de esa cola del Ministerio de Información. Esperaba no equivocarse mientras le regalaba una honesta sonrisa a esa luna que, ensombrecida por la sombra de la Tierra, lo miraba con sorna.
***
Al día siguiente, Luis encendió de nuevo su vehículo. Ya frente al volante dio un largo suspiro mientras pensaba si debería también, así como Roberto, entregar su vida a la fe ciega de la religión. Esa idea pululó unos segundos por sus pensamientos hasta que se hizo lejana y el presente le forzó a dejar ir esas divagaciones.
El día transcurría normal, iba escuchando su programa de streaming favorito hasta que un anuncio pareció alterar el transcurso habitual de la mañana. El conductor del programa pausó las bromas para relatar una noticia que parecía ser tremebunda.
—A ver a ver, paramos los chistes, queridos suscriptores, nos acaba de llegar una noticia que de seguro enlutecerá Lima y varios departamentos de nuestra patria. Al parecer, ayer por la noche, en pleno eclipse, varios grupos de personas decidieron quitarse la vida—el conductor hizo una pausa. La música de fondo del streaming se silenció. Los otros conductores quedaron enmudecidos y Luis, frente al volante, levantó el volumen.—Las razones todavía están investigándose, pero, a no, esperen, al parecer, como siempre, X tiene la respuesta. Nos acaba de llegar un video, un video de despedida que hicieron los integrantes de estos grupos. ¿Se puede pasar? A ver, esperen un rato…sí, sí lo podemos pasar. A continuación, el video de despedida…
Mientras el programa cargaba el video Luis buscó donde estacionarse momentáneamente. Algo le decía que tenía que ver ese video. La pantalla del vehículo se tornó oscura y, de pronto, un rostro avejentado apareció.
—Hoy, estimados conocidos y desconocidos, nos levantamos en son de protesta porque—hubo un cambio de protagonista, ahora era otra persona la que decía la siguiente parte del video—nosotros, los adultos que en su momento fuimos jóvenes—y apareció otra persona—entregamos nuestra juventud a estas empresas— y la siguiente persona era un rostro conocido. Era Roberto quien estaba ahora frente a la pantalla— que ahora nos dispensan como si nuestro esfuerzo no valiera nada.—y así, aparecieron más y más personas que, en conjunto, continuaron con el mensaje.—Para la sociedad moderna somos muertos vivientes, así que solo estamos adelantando lo que es un hecho de facto para ustedes, queridas empresas: que estamos muertos. Que nuestra partida sea muestra de que nuestros ideales son innegociables. Y que nuestros cadáveres sean la muestra del desprecio que tenemos por lo que ustedes han creado. Si se preguntan por qué tomamos esta medida, no se preocupen, queridos empresarios. Ya les tocará su turno. Hasta siempre…
Luis se quedó turulato. Sintió un golpe seco en el pecho cuya onda expansiva invadía a paso trepidante todo su ser. La partida de Roberto, a pesar de no ser más que un desconocido, había llegado a calar muy dentro de Luis. Le había agarrado mucho cariño y empatía a Roberto. Si tan solo hubiera sabido, pero no, él no quería que Luis lo supiera. Le había intentado preguntar, pero Roberto eligió el misterio a la revelación. Y Luis recordó esos ojos, esa mirada que tuvo Roberto ayer por la noche. Esa misma mirada que tenían esos adultos de la fila en el Ministerio, una mirada de zombi, de muerto en vida. Y Luis temió que, algún día, esos ojos llegaran también a ser los suyos. Apretó el timón y continuó su viaje, a la espera de tiempos mejores. Al menos, pensó Luis, no habría más eclipses el resto del año.





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