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Yococo y Celedunio

  • pedrocasusol
  • 25 mar 2022
  • 3 min de lectura

Escribe: Pedro Casusol


Una de las duplas más memorables de las letras peruanas la conforma un niño llagoso y un cerdo desnutrido: Yococo y Celedunio, héroes de “Montacerdos”, la novela corta de Cromwell Jara publicada por primera vez en 1981. Se trata de una pieza importante de nuestra tradición literaria que, en mi opinión, aún no ha sido lo suficientemente leída ni estudiada, y que se coloca por primera vez en la perspectiva del desposeído, del que no tiene un lugar en la sociedad. La historia de Yococo, el niño que montaba un cerdo, nos llega a través de su hermana Maruja y se desarrolla en un mundo de inmundicias, ratas que se devoran fritas y desperdicios humanos.


Jara decide ir más allá de las barriadas para mostrar un universo que sería insoportable incluso para los “gallinazos sin plumas” de Ribeyro. La historia comienza con Mamá Griselda llevando sobre su espalda, como un caracol, los cartones y palos con los que invadirá un recodo de la pampa de Amancaes. “No sé de dónde habíamos venido ni adónde habíamos llegado”, advierte la narradora. Yococo y su familia son la encarnación de los que no tienen ni pasado ni futuro, segregados por los habitantes de las barriadas que los asumen locos, muertos vivientes, el espectáculo de la degradación.


El mundo de la narradora apenas está constituido por aquella pocilga levantada al borde de la carretera, bajo el riesgo de ser arrollada por la línea veintidós, y por algunos vecinos que observan asombrados la enorme llaga que crece en la cabeza de Yococo, herida que se irá pudriendo y expandiendo. El niño, que parece enajenado, hace alarde además de la basura que posee como si fueran tesoros: pericotes que saca de su bolsillo, moscas, arañas y alacranes que guarda como mascotas. Un día aprende a montar a Celedunio, un cerdo a punto de ser sacrificado, y ambos se hacen inseparables. Luego la familia es acogida por doña Juana, que les cede un espacio junto a una pajarera, pero ahí tampoco hallará paz: Mamá Griselda será violada sistemáticamente por don Eustaquio.


La obra maestra de Cromwell Jara es un texto hiperrealista con destellos poéticos que, por las características de su narración, asume la miseria y la violencia de su entorno con absoluta naturalidad. Nunca la literatura peruana había tenido en sus filas una pieza con las características de “Montacerdos”, ni Lima había sido retratada antes de manera tan descarnada. Esa violencia cruda y al mismo tiempo infantil de la que es objeto el cuerpo de Yococo, solo tiene parangón con “El niño proletario”, cuento del argentino Osvaldo Lamborghini, en donde tres niños burgueses torturan y matan a un niño pobre en una fiesta de sangre y vísceras. En el caso de Jara, la violencia termina siendo aún más oscura: Yococo muere aplastado por los caballos de una Policía que ni siquiera se detiene a mirar el cuerpo destrozado.


Jara escribió “Montacerdos” pensando en su infancia en el barrio Mariscal Castilla, en el Rímac, donde vivió hasta los diecisiete años. Cierta vez le preguntaron si “Montacerdos” era real, a lo que el escritor respondió que era “tan real como los cerdos que estaban en los alrededores de las acequias, entre los fangos en Mariscal Castilla”. Por eso, Cromwell Jara es en nuestra tradición narrativa una suerte de explorador, un escritor que fue más allá de las barriadas para mostrarnos esa realidad monstruosa que nadie más se animó a mirar, mucho menos retratar. Por suerte existe “Montacerdos”.




 
 
 

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